El padre, la madre, la hija
Quizá esto no ocurrió en los ochenta, tal vez fue a finales de los setenta, pero ella ya estaba en la siguiente década. Todo lo significativo en su vida fue en los ochenta. La memoria es esta: su padre, un hombre extraño, común, oficinista con una vida tan pequeña —o al menos eso creía ella— como la caricatura de un empleado administrativo, no llegaba del trabajo. Recuerdo el momento del día: ya había oscurecido, pero no logro recordar la época, si hacía frío o calor. Pero, ¿quién sabe? La memoria falla y cabe la posibilidad de que ni siquiera el sol se hubiera puesto. Una cosa era segura: el hecho. Las circunstancias siempre pueden variar. La cuestión era que el hombre de la casa, el fuerte de la familia, no venía. Algo le había pasado.
Volvió.
Borracho!
El hombre de la familia
Sosteniéndose de las paredes para no caerse…un padre.
Ella, la hija, tenía unos once años y a pesar de que había escuchado que a veces su papá bebía y que alguna que otra vez hizo papelones frente a conocidos, nunca lo había visto regresar así al hogar. Porque eso implicaba que bebió en otro lado, que algo pasó para que tomara de esa manera, que el tiempo transcurrido entre que salió del trabajo y regresó a su casa sería un misterio.
La madre,
los hijos
esperando
al padre
en una casa
casi vacía
Pero lo que yo quería decir era otra cosa, la memoria de los ochenta no fue lo que pasó entre la hija y el padre, fue lo que dijo la madre. Y ni siquiera lo que dijo la madre sobre el padre, fue lo que dijo la madre sobre la hija.
Ella
una niña de once años
vio llegar al padre
borracho
se puso las manos a la boca
como tratando de que no salieran las palabras, unas palabras que todavía no tenían contenido, pero sabía que no tenían que salir, quizá su forma era la de un grito. Ella no quiso ver, se tapó la boca y también la cara. La madre la abrazó y le dijo:
“¿Te sentís mal?” Una pregunta que daba por sentado otra posibilidad: la de una niña que fuera indiferente a la llegada alcoholizada de su padre. ¿Qué visión tenía la madre de su hija? ¿Una niña insensible? ¿Adormecida frente al dolor ajeno? —porque había dolor en ese tambaleo, en ese olor a vino—. Creo que siguió de esta manera: la madre en el medio del abrazo opinó —¿opinó?— “no sabía que te ibas a poner así”.
Una madre que no conocía a su hija.
Una madre que pensaba que su hija, una niña de once años, estaba anestesiada a los sentimientos.
Una madre que pasó su visión a su hija. Porque como nosotros nos vemos es en parte como nos ven y el primer impacto que forma nuestra manera de ser es el de los padres.
Algo se rompió en esa niña una tarde de principios —quizá— de los ochenta.
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