Domingos para la juventud

Cada domingo renace la esperanza
cada domingo es una multitud
cada domingo la dicha está de fiesta 
si es un domingo para la juventud

Era mediados del 86’, mi último año de secundaria. Tenía diecisiete, como todas mis compañeras de colegio. Habíamos ido a Domingos para la Juventud, un programa de concursos para los estudiantes del último año de secundaria. El premio era el tan anhelado viaje de egresados a Bariloche.

Invento la primera parte de la historia porque no me la acuerdo. Y todo cuento tiene que tener un principio. A mí me gustaría que la mía comience así:

Yo, en un estudio de televisión. Yo, entre la algarabía de las bambalinas. Recuerdo cierto caos. No lo pude haber imaginado. Tuve que haber estado allí. Adolescentes aquí y allá moviéndose en un espacio que era mucho más pequeño de lo que salía por TV. Un ambiente como de carnaval. Alegría y confusión. Una excitación y nerviosismo que no cabía en el cuerpo. Recuerdo a Silvio Soldán, a las secretarias jóvenes y bonitas. Y hasta ahí llega mi memoria. El programa todavía no había comenzado y la mitad de la clase se tuvo que ir. No sé cuántas compañeras participaron en él y cuántas nos fuimos. Lo único que sé es que yo no estuve al aire, no salí en la TV. Habré divagado por Palermo, luego por el centro, quizá. Por esa época todavía me gustaba ir a Cabildo y Juramento, tal vez Caballito.

Esperábamos ansiosas ese año, en el que nos recibiríamos del secundario y cada una haría su camino. Empezaríamos lo que llamábamos la vida, la que uno elige. La que habíamos tenido hasta ese momento fue de alguna manera impuesta por nuestros padres. Ahora nos tocaba nosotras. Yo con mis compañeras de colegio de las que siempre me sentí muy distinta. Todas eran más lindas que yo, y aparentemente estaban en mejor situación económica. Tenían ropa más bonita. Hacían actividades extras, tenían una vida independiente de la escuela: clases de natación, de inglés, de guitarra. No eran más inteligentes, pero sí les era más fácil estudiar y sacarse mejores notas que yo. Para mí todo ese mundo pertenecía a aquello que nunca iba a alcanzar.

Pero no es esto lo que yo quiero contar. Mi recuerdo se detiene en otra persona, no en mí, ni en mis compañeras, ni en Silvio Soldán, ni en las chicas bonitas del programa, sino en mi madre. Ese domingo había llegado a casa de noche. Las habitaciones parecían vacías. La memoria me dice que pasé por el cuarto de mis padres, oscuro y quieto. Al llegar al de mi hermana y mío, los encontré reunidos. Papá, mamá, y mis dos hermanos estaban en un rincón, la televisión encendida. Y ahí en ese momento lúgubre de infinita tristeza, en las paredes húmedas que nunca pudieron resguardarnos del frío de julio, ocurrió algo. El cuerpo de mi madre ya empequeñecido por la enfermedad empezó a separarse del resto de la familia, de los muebles, de todo lo que la rodeaba y vino hacia mí. Me dijo: “ganaron”. Mis compañeras habían ganado el viaje a Bariloche para todo el curso.

Mamá murió en diciembre, cinco meses después. Lo que equivale a decir que cuando mi curso y yo recibíamos lo que todo estudiante de quinto año de Argentina deseaba, mamá moría. Me pregunto cómo se habrá sentido al darme esa noticia tan increíble. ¿Estaría contenta?

Nunca entendí por qué esa primicia dada a altas horas de la noche en un cuarto lúgubre y frío, yo la viví como si le hubiera pasado a otra persona. No salté de alegría, más bien me quedé muda parada frente a la cabeza calva de mamá. Sospechaba que era porque no había participado de las prendas. De alguna manera creía que no merecía el premio. Ahora estoy casi segura de que mi insensibilidad fue porque fue ella la que me lo contó. Yo no merecía el premio, pero no porque no salí en tv, sino porque mi mamá se separó de todo inclusive de su inminente muerte para darme una noticia feliz. A mí la felicidad y la tristeza se me mezclan, me son casi inseparables.

Todo un mundo que me era ajeno: la alegría del programa, la camaradería de mis compañeras, el deambular por la ciudad, llegar a una casa donde me esperaba la figura ya encogida de mi madre para darme una noticia tan asombrosa como haber ganado un premio de un show televisivo.

Y hoy escuché la apertura del programa en youtube, lo puse una y otra vez por una hora. Hoy canté y bailé. 
Cada domingo renace la esperanza
cada domingo es una multitud
cada domingo la dicha está de fiesta 

si es un domingo para la juventud

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