Culpa-mujer/mujer-culpa
¿Dónde se puede vivir sin culpa? Ella, después de más de treinta años, todavía sentía culpa. Y no una culpa medio desfigurada, suavizada por los años. No. Era una culpa atroz, corrosiva que la seguía día y noche como una sombra. Allí, cada vez que se daba vuelta, estaba la culpa. Si no fuera por ese agobiante preámbulo que era acostarse, dormir sí era un alivio. Apoyar la cabeza en la almohada, cerrar los ojos y esperar el sueño: un generador de culpa. Un purgatorio. La mente se revolvía ante cada hecho de su pasado. Una vez que entraba en la fase profunda del sueño, venía el olvido. ¡Qué hermosa palabra! ¡Cuánta tranquilidad que hay en el olvido! Tantos años pasaron, y la culpa seguía. Y no una culpa puntual, sobre un hecho específico. Era una culpa universal que lo abarcaba todo, desde lo que hizo y lo que no hizo. Como se vestía, lo que comía, lo que decía, lo que leía, lo que elegía. No, lo que elegía no. Porque casi nunca lo hacía. Iba así por la vida dejando que l...