Adolescencia y democracia

Perdió su virginidad durante los albores de la democracia. No exactamente en 1983, un poquito más tarde cuando todavía se masticaba la idea de libertad —a ver qué era eso, qué gusto tenía—. Creo que fue por 1985. Lo hizo con un chico en un hotel de esos que llaman albergue transitorio, un telo —suena vulgar ¿verdad?—. Un chico que tenía moto y una campera Levi’s de jean forrada en corderito. Uno o dos años mayor que ella. Un chico que no la quería. ¿Importaba eso? ¡Con qué miedo escribo la frase “no la quería”! Como si al darle palabras a sus sentimientos —los de él— de alguna manera estuviera oficializando lo precario que fue ese evento en su vida —la de ella—. Para ser sinceros ella tampoco lo quería, pero —tengo que decir la verdad— hubiese preferido que él sí. Me da terror que se la confunda con una joven que quería ser amada, porque lo que verdaderamente ella deseaba era ser querida. Querer no es amar —suena a autoayuda—. Amar era para los otros, las personas asentadas, seguras, ya adultas que sabían lo que querían en la vida. Ella en ese momento 1985 recién cumplía los dieciséis años. Claro que el amor no era para ella. No podía admitir bajo ningún punto de vista haber querido una relación un poco más cariñosa. ¡Qué horror! —mentira, sí lo hubiese querido—.
Así despertó a la adolescencia en los ochenta: como el país, con una libertad entre manos sin tener la menor idea de cómo utilizarla. No entendían nada ni el país ni ella. Los dos inexpertos, cualquier idea diferente era bienvenida, germinaba como los porotos en esos experimentos de primaria hechos con un frasco y papel secante: rápido. Probar por probar sin tener el menor interés solo el de pertenecer a aquellos que parecían gozar de una independencia que ella no tenía.

En los ochenta, con Alfonsín llevándolos de la mano, las canciones jiponas de los setenta que fueron tan reprimidas después del 76 se transformaron en himnos de libertad. Muchacha ojos de papel, La marcha de la bronca, El fabricante de mentiras, Todas las hojas son del viento… Muchas —la mayoría— hablaban de una sexualidad sin compromisos, amores que lo entregaban todo en el momento sin pedir nada a cambio, sábanas rotas de tanto amar. Qué era la democracia de esa época sino un himen roto de una adolescente.

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