La talentosa señora Ripley


La Talentosa Señora Ripley

“Sigourney Weaver se la viene de actriz seria y empezó como actriz porno” algo así dijo uno de los locutores estrella allá por los ochenta en la época dorada de la Rock & Pop. Yo no sé por qué me acuerdo tanto de estas palabras. Un comentario dicho así al pasar. Ni siquiera era el tema del día. Seguramente estarían hablando de Aliens que se estrenó en 1986, después de la exitosa Alien de 1979. A lo mejor el tópico era el monstruo y no la actriz, pero había que decir algo de ella. Y al locutor estrella no se le ocurrió mejor ilustración que la de hablar de su pasado pornográfico. Había que quitarle protagonismo a la talentosa señora Ripley. 

La verdad que son todas hipótesis. No recuerdo las circunstancias. Sí el dejo moral que hubo en las palabras del locutor estrella. No por el pasado escandaloso de Weaver (pasado que no me preocupé en verificar), sino por ocultarlo. Por privar a su público de ese jugoso pedazo de su historia. Años más tarde el mismo locutor estrella contó su pasado de drogas e infidelidades. ¿Quizá para dar el ejemplo? El ejemplo ¿de qué? ¿de que uno puede revertir un ayer pecaminoso? ¿de que siempre había que sacar los trapitos al sol? Una cosa sí me quedó en claro, para poder apreciar la interpretación de Sigourney Weaver había que saber que se dedicó a la industria del sexo filmado, como si uno cosa no fuera independiente de la otra.


El locutor estrella era un hombre que salió de entre las cenizas de los 70. Una voz nueva que representaba la rebeldía institucionalizada, pero rebeldía al fin. Estaba en las antípodas de la rigidez moral militar que gobernó Argentina del 76 al 82. Un hombre que venía a decir la verdad. Frases para los jóvenes que estaban ansiosos de un discurso nuevo, con un lenguaje que entendiéramos todos. Desde mi punto de vista —el de mujer que pasó su adolescencia en los 80’— la Rock and Pop era un refugio para todos los que nos sentíamos diferentes y estábamos ávidos de escuchar rock nacional. Yo no sé cuál será la opinión de los otros, pero yo me sentía identificada. Me encontraba protegida contra la ética hegemónica. Y las palabras hacían mella en mi cerebro todavía blando. Sin embargo, algo me dijo que en la frase del locutor estrella había algo que no cuajaba. Luego me di cuenta de que había un conjunto de reglas a seguir con un bien y un mal tan estrictas como otro cualquiera.


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